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miércoles, 15 de octubre de 2014

Nada en la nevera

En mi casa la nevera nunca estaba muy llena. Contrariamente a lo que pueda parecer, ser tantos no era sinónimo de tener abundancia de nada... Por supuesto, nunca pasamos hambre ni nada por el estilo, pero no nos solían comprar caprichos. La razón era muy simple: nada duraba dos telediarios...así que para beber había agua y para merendar pan de barra...nada de chuminadas. El mayor lujo era la nocilla y galletas maría corrientes y molientes  Todas las coca colas que me tomé de pequeña fueron en casa de mi tía Loló, donde íbamos los sábados a comer o en casa de mi abuela Josefina donde íbamos los domingos. Lo mismo pasa con mis recuerdos comiendo patatas fritas, fuet, olivas, chocolate Nestlé....el escenario siempre es otro, no es mi casa.

Y cuando fuimos creciendo y aquello se descontrolaba mi madre compró un candado para la despensa y otro para el teléfono, así que tenías que pedir la llave para todo lo que era vital. La verdad es que el teléfono daba muchos más problemas que la despensa, porque solo había uno para nueve y además cuatro de ellos niñas adolescentes insoportables con sus correspondientes novios y amigas ... (Hoy parece imposible ¿verdad?)



El caso es que un día se presentó por sorpresa en casa mi padrino, que no era un familiar directo (a ver a quien haces padrino de tu sexta hija....ya no quedan familiares libres). Dio la casualidad de que mis padres no estaban en casa, estábamos solos (cosa rara, la verdad) . Mis hermanas mayores ejercieron muy bien de anfitrionas, lo sentaron en el salón y le preguntaron qué quería tomar.... ¿A quién se le ocurrió tanta cortesía? Aquel hombre contestó: una Coca cola, gracias.

Al cabo de medio minuto había un gabinete de crisis en la cocina, porque por mucho que mirábamos y remirábamos no había nada en la nevera. Se nos escapaba la risa, alguien propuso darle vino porque había un cartón de los de cocinar, de esos que beben los vagabundos. No sé si lo rechazó....o alguien tuvo la suficiente cabeza para decir que no ¡ jajaja! 
Al final, como éramos unas chicas de recursos, alguna rebuscó en su hucha, sacó cuatro perras y bajó al bar de abajo, el Guardiola, a comprar una Coca cola de urgencia....Y es que los invitados siempre fueron bien tratados en casa Calbetó.  

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