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domingo, 5 de julio de 2015

Radio patio: un verano como los de antes.

¡22 de junio! Se acabó el cole. Maletas hechas. Coche cargado a los topes, perro incluido, y nos vamos a Caldetas.
La casa de Caldetas era lo que se dice cutre, pero a nosotros nos servía. Encontrar una casa para diez personas (porque en agosto venía la abuela con los pericos), cerca de la playa y del pueblo (porque mi madre no conducía) y que se pudiera pagar... Sé que no era fácil, así que cutre era el resultado, pero nos servía. La casa tenía paredes pintadas de amarillo y de rosa fucsia, era como de puticlub.  La cocina tenía cuatro fogones sin horno ni nada cercano a lo moderno y la lavadora (no había!) era una jata que no centrifugaba, escurríamos la ropa a mano en un lavadero. Solo había un baño(también rosa)  para todos y en cuanto se habían duchado cinco ya no quedaba agua caliente,
pero nos servía...
Tenía cuatro habitaciones y un jardín, que era lo que más gustaba a mi madre. Tenía un timbre peculiar que no sé describiros, pero le dabas vueltas a una pestañita metálica y sonaba algo, jamás he visto ese timbre en otro lado. Por ahí desfilaba todo quisqui, e incluso venían amigas invitadas a dormir cuando ya éramos mayorcitas. Como no teníamos teléfono, usábamos el sistema de radio patio, que consistía en hablar a grito pelado desde el jardín con las amigas, que casualmente eran vecinas y vivían al lado o delante. Así era como quedábamos para salir (para horror de mi madre, que lo encontraba poco civilizado, de verduleras, decía ella)
Desde San Juan hasta el 8 o 10 de septiembre estábamos allí. Bajábamos a la playa cada día, hubiera sol o nubes, y paseábamos por la tarde. No había prisas por levantarse ni por acostarse,  ni casales ni obligaciones. Eran vacaciones de las de verdad, jugar en la playa o en la calle. Mi padre subía los fines de semana de julio y el mes de agosto con la abuela, porque él seguía trabajando. Y mi madre se quedaba sola con los siete y no se volvía loca (ahora nos ahogamos en un vaso de agua)
Y en fin... eso es para mí un verano de los de antes. ¡Vacaciones de verdad! sobre todo para los niños, claro. Cuando llegabas a la adolescencia aún era mejor, porque allí tenías una libertad que en la ciudad no te daban, y siendo un pueblo enano hacíamos de todo, bueno y malo, o sea primer cigarro, primera borrachera, ligar con guiris, discotecas, amoríos, ir en moto, hacer autostop para ir a Arenys de mar al 1800, excursiones en grupo que sabías como empezaban y nunca como acababan....en fin aventuras veraniegas que todos tenemos... y cualquier día (veo que se acerca) mis hijos las tendrán que pasar también. Yo no sé si mis padres eran tontos o se lo hacían, porque ya habían asumido que los hijos han de hacer la suya (al fin y al cabo yo era la sexta) . La verdad es que nunca me pusieron pegas para nada, y éramos tremendas dentro de lo bueno.
El caso es que de esos veranos en Caldetas, guardo además de los recuerdos, amigas de las que son para siempre... Cuando me mudé a Mallorca a vivir me regalaron un baúl que guardo como un tesoro, porque en él hay un quit de supervivencia con arena de Caldetas, pechinas de Caldetas, fotos de Caldetas, una cerveza de tantas que nos tomamos y otras cosas...Recuerdos para no estar sola.