Estos días he tenido la visita de mi hermano Pepón. Como vivo en Mallorca, de tanto en tanto, mucha gente de la familia o no, se acerca a visitarme, lo que es una suerte.
Pepón es el único chico de todos los hermanos. Es el quinto, y como yo soy la sexta, siempre jugué con él. Nos llamaban
la parelleta.

Jugábamos y por supuesto nos peleábamos, de pequeños compartimos habitación un par de años. Lo que más recuerdo es hacer guerras de almohadas, que nos costó una vez ser expulsados al rellano (el peor castigo del mundo, lo recuerdo con horror). También recuerdo jugar con el fuerte del oeste, un circo de play mobil, una moto teledirigida (¿por qué se las regalaban solo a él?, yo también quería...) y sobre todo, recuerdo un muñeco asqueroso que tenía dos caras: una fea normal y otra verde!!! Le movías un brazo y le giraba la cara... Claro, aquello era antinatural y yo le tenía terror a ese muñeco; durante mucho tiempo fue su mejor arma, porque era ver el muñeco asqueroso y yo salía disparada.
El caso es que con Pepón un día la liamos parda ....fue la peor travesura de mi vida, insuperable por peligrosa e inconsciente: quemamos el sofá de casa. Lo quemamos enterito. Mis padres fumaban, y en el salón había el típico mechero de mesa, la noche anterior había sido la verbena de San Juan, así que estábamos motivados con el tema del fuego. El caso es que Pepón cogió el mechero y empezó, venga... una vez y otra. Yo estaba de apoyo moral, porque tenía cuatro años y no me salía encender el mechero (lo intenté...no os penséis). Aquel sofá que ya no debía estar para tirar cohetes, tenía un agujerito donde yo siempre metía el dedo y ya solo recuerdo gritar
¡Quema! . ¡Suerte que mi madre nunca andaba muy lejos...!
Ya lo siguiente que recuerdo es estar encerrados en una habitación de casa los dos delincuentes...yo, un poco mosqueada la verdad, porque no era para tanto. Aquella tarde teníamos que ir al parque y nos dijeron que ni hablar del peluquín... yo lo veía una exageración... ¡Por un perro que maté!

El caso es que consiguieron apagar el sofá antes de que se quemara la casa a base de botellas de agua.... (menos mal), pero ya no servía medio quemado y oliendo a chamusquina, así que aquella noche, mis padres bajaron con nocturnidad y alevosía el sofá a la calle; nos dijeron a todos que cerráramos la boca; pero al día siguiente nada más bajar a la calle alguien gritó
¡Mira mamá, nuestro sofá...! Supongo que le cayó una torta, porque mi madre no debía estar muy relajada aquel día y era de mano larga.
Pero no todo acabó allí, aquel sofá no lo recogió el camión de la basura ni aquel día ni nunca, sino los porretas del barrio. Se hicieron con él, de manera que fue rodando por un sitio y otro de la calle Mandri y alrededores hasta que acabó metido en el estanque del parque de la Paz, donde íbamos a jugar... Nosostros asistíamos (ahora ya sí, mudos) a sus idas y venidas... nunca sabías donde te lo ibas a encontrar... me han dicho que la última vez que se supo de él fue en el cementerio de Sarriá. La vergüenza del sofá imagino que persiguió a mis padres durante un tiempo, hasta que cayera en el olvido como todas las cosas, pero sé de buena tinta que aquel grupito de porretas le sacó provecho y que aquel sofá viajó más que el de Chester.