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sábado, 25 de octubre de 2014

Herencias

En una familia numerosa hay algunas reglas que no fallan como por ejemplo que los mayores estrenan y los pequeños heredan.... Como yo era la sexta de siete, os podéis imaginar en qué grupo me encontraba...Sobre todo heredaba la ropa y los libros. 
Heredar los libros del colegio no era problemático hasta llegar a la adolescencia, cuando llegaban a tus manos totalmente pintorrajeados y con los nombres de sucesivos novietes más o menos duraderos o aquellos versitos del tipo Si lloras porque has perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.... La verdad es que era muy entretenido y con un poco de suerte te encontrabas algún apunte aprovechable; también heredé cantidad de libros de lectura que engullía como loca, colecciones enteras de Los cinco, Los siete secretos, Los Hollister, Puck, Torres de Mallory, Misterio en... ¡aquello sí que fue una suerte!, sobre todo gracias a mi hermana Belín, la mayor, que era una gran lectora.
Heredar la ropa de pequeña te importaba un pimiento, a mí por lo menos. Lo malo es que como tenía cuatro hermanas mayores, a las que de pequeñitas vestían igual, pues a veces heredaba el mismo modelo cuatro años consecutivos. 
De mayor dejabas de heredar y se entraba en la fase de pedir o coger prestado la ropa de cualquier hermana que te gustara....Allí se armaba la gorda cuando alguien no encontraba un jersey o lo que fuera, había peleas de libro que hubieran asustado al más osado. Los vecinos debían compadecer y mucho a mis padres en aquellos años. Yo era bastante cobarde y mis hermanas mayores me daban tanto miedo cuando se enfadaban,  que solo pedía permiso si me armaba de valor y si no, me ponía mis cuatro trapos de siempre. Había hermanas más presumidas que otras. La coquetería de Toya, por ejemplo, era legendaria,  era capaz de cambiarse de ropa cinco y seis veces; con la abuela Isabel en Caldetas no nos perdíamos un desfile, porque el espejo de cuerpo entero estaba en nuestro cuarto y las dos nos tronchábamos  solo mirarnos cada vez que pasaba. 
La verdad es que de los hermanos mayores heredas muchísimas cosas no materiales, los imitas, escuchas, observas y aprendes mucho más que de cualquier otra persona; heredas sus gustos musicales, sus actores preferidos y compartes un sinfín de cosas para bien y para mal. En mi caso, por ejemplo, mis gustos musicales fueron influidos totalmente por una hermana que escuchaba todo un elenco de grupos españoles de lo más variopinto, desde Sabina, Danza invisible o Radio Futura, y Loquillo pasando por los típicos como Mecano, Alaska, Hombres G o  Nacha Pop y otros más radicales como los Ilegales, Kortatu, los Inhumanos, Siniestro total....Me sabía las canciones de todos. En el colegio también heredabas la fama de trasto o de follonera de tus antecesoras, hasta que los profesores te conocían y apreciaban las diferencias (que las había).
En fin, tener hermanos es una gran riqueza, y aunque no puedas llevarte bien con todos o la vida te separe sin más al crecer,  una infancia sin hermanos no tiene color, le falta la sal y el azúcar.

domingo, 19 de octubre de 2014

La bruja de Caldetas

Aprovechando que se acerca Halloween, festejo que personalmente me pirra, hoy toca explicaros una de miedo. Durante un par o tres años tuvimos una vecina muy peculiar en Caldetas a la que apodamos "la bruja". Ahora recordándola me parto yo sola pero os puedo asegurar que cuando era pequeña me tenía atemorizada. Era bajita, de tez morena, facciones duras y debía tener unos cincuenta años. La casa de Caldetas era la típica casa de pueblo de tres pisos y nosotros vivíamos en los bajos con jardín, donde teníamos de vecina a esta mujer. Ella vivía sola, pero por lo que nos explicaba tenía un hijo y marido que la visitaban de pascuas a ramos. La pobre estaba como una regadera y aburrida como una ostra, hasta que llegábamos nosotras a pasar las vacaciones. Éramos su distracción, estaba todo el día en su patio con la oreja pegada a ver que nos explicábamos y por supuesto intervenía y opinaba en todas las conversaciones, sabía todos nuestros nombres, novios, etc. Su casa desprendía un olor muy extraño a rancio y cuando cocinaba el hedor a aceite mezclado con nosequé era insoportable. Según mi abuela Isabel era olor a gato muerto, decía que recogía gatos callejeros, se los cargaba y los cocinaba para luego comérselos. Como comprenderéis esta explicación estaba muy lejos de calmarme. Vamos que si me la cruzaba la intentaba evitar a toda costa y cuando salía de casa y ella abría su puerta para cotillear salía escopeteada por miedo a que me secuestrase y ¡hiciese sopa conmigo!. Hubo una vez que desapareció, no la oíamos, ni olíamos...y para colmo apareció su marido y empezó a sacar de su casa bolsas de basura. ¡Ay amig@s, se dispararon todas las alarmas!, ¿qué había pasado con la bruja?.Mi abuela Isabel y mi madre llegaron a la conclusión de que su marido la había aniquilado y la estaba sacando a pedacitos junto con los gatos. Evidentemente apareció al cabo de un tiempo, su marido la había tenido que ingresar una temporada en un psiquiátrico y el pobre hombre se dedicó a hacer orden en su casa porque tenía un síndrome de Diógenes como una catedral. Hubo un día que casi me da un soponcio cuando me crucé con ella por la calle y ví ¡que se iba a la playa con un bañador mío del Snoppy! Mi madre nos había hecho hacer orden y tirar ropa vieja que ya no nos iba. Claro "la bruja" ni corta ni perezosa había aprovechado la ocasión para renovar su vestuario. La más gorda que nos hizo y que sacó a mi padre de sus casillas fue cuando se apropió de de la mitad de nuestro jardín. Llegamos por semana santa y cuando abrimos la puerta del jardín...¡sorpresa!, una hilera de trastos, colchones y somieres hacían de barrera entre su nuevo y mucho más amplio patio y nuestro nuevo y reducido jardín. No sé qué habrá sido de ella..., pero yo me lo he pasado bomba recordándola.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Nada en la nevera

En mi casa la nevera nunca estaba muy llena. Contrariamente a lo que pueda parecer, ser tantos no era sinónimo de tener abundancia de nada... Por supuesto, nunca pasamos hambre ni nada por el estilo, pero no nos solían comprar caprichos. La razón era muy simple: nada duraba dos telediarios...así que para beber había agua y para merendar pan de barra...nada de chuminadas. El mayor lujo era la nocilla y galletas maría corrientes y molientes  Todas las coca colas que me tomé de pequeña fueron en casa de mi tía Loló, donde íbamos los sábados a comer o en casa de mi abuela Josefina donde íbamos los domingos. Lo mismo pasa con mis recuerdos comiendo patatas fritas, fuet, olivas, chocolate Nestlé....el escenario siempre es otro, no es mi casa.

Y cuando fuimos creciendo y aquello se descontrolaba mi madre compró un candado para la despensa y otro para el teléfono, así que tenías que pedir la llave para todo lo que era vital. La verdad es que el teléfono daba muchos más problemas que la despensa, porque solo había uno para nueve y además cuatro de ellos niñas adolescentes insoportables con sus correspondientes novios y amigas ... (Hoy parece imposible ¿verdad?)



El caso es que un día se presentó por sorpresa en casa mi padrino, que no era un familiar directo (a ver a quien haces padrino de tu sexta hija....ya no quedan familiares libres). Dio la casualidad de que mis padres no estaban en casa, estábamos solos (cosa rara, la verdad) . Mis hermanas mayores ejercieron muy bien de anfitrionas, lo sentaron en el salón y le preguntaron qué quería tomar.... ¿A quién se le ocurrió tanta cortesía? Aquel hombre contestó: una Coca cola, gracias.

Al cabo de medio minuto había un gabinete de crisis en la cocina, porque por mucho que mirábamos y remirábamos no había nada en la nevera. Se nos escapaba la risa, alguien propuso darle vino porque había un cartón de los de cocinar, de esos que beben los vagabundos. No sé si lo rechazó....o alguien tuvo la suficiente cabeza para decir que no ¡ jajaja! 
Al final, como éramos unas chicas de recursos, alguna rebuscó en su hucha, sacó cuatro perras y bajó al bar de abajo, el Guardiola, a comprar una Coca cola de urgencia....Y es que los invitados siempre fueron bien tratados en casa Calbetó.  

sábado, 11 de octubre de 2014

Por un perro que maté...

Estos días he tenido la visita de mi hermano Pepón. Como vivo en Mallorca, de tanto en tanto, mucha gente de la familia o no, se acerca a visitarme, lo que es una suerte.
Pepón es el único chico de todos los hermanos. Es el quinto, y como yo soy la sexta, siempre jugué con él. Nos llamaban la parelleta. 
Jugábamos y por supuesto nos peleábamos, de pequeños compartimos habitación un par de años. Lo que más recuerdo es hacer guerras de almohadas, que nos costó una vez ser expulsados al rellano (el peor castigo del mundo, lo recuerdo con horror). También recuerdo jugar con el fuerte del oeste, un circo de play mobil, una moto teledirigida (¿por qué se las regalaban solo a él?, yo también quería...) y sobre todo, recuerdo un muñeco asqueroso que tenía dos caras: una fea normal y otra verde!!! Le movías un brazo y le giraba la cara... Claro, aquello era antinatural y yo le tenía terror a ese muñeco; durante mucho tiempo fue su mejor arma, porque era ver el muñeco asqueroso y yo salía disparada.
El caso es que con Pepón un día la liamos parda ....fue la peor travesura de mi vida, insuperable por peligrosa e inconsciente: quemamos el sofá de casa. Lo quemamos enterito. Mis padres fumaban, y en el salón había el típico mechero de mesa, la noche anterior había sido la verbena de  San Juan, así que estábamos motivados con el tema del fuego. El caso es que Pepón cogió el mechero y empezó,  venga... una vez y otra. Yo estaba de apoyo moral, porque tenía cuatro años y no me salía encender el mechero (lo intenté...no os penséis). Aquel sofá que ya no debía estar para tirar cohetes, tenía un agujerito donde yo siempre metía el dedo y ya solo recuerdo gritar ¡Quema! . ¡Suerte que mi madre nunca andaba muy lejos...!
Ya lo siguiente que recuerdo es estar encerrados en una habitación de casa los dos delincuentes...yo, un poco mosqueada la verdad, porque no era para tanto. Aquella tarde teníamos que ir al parque y nos dijeron que ni hablar del peluquín... yo lo veía una exageración... ¡Por un perro que maté!
El caso es que consiguieron apagar el sofá antes de que se quemara la casa a base de botellas de agua.... (menos mal), pero ya no servía medio quemado y oliendo a chamusquina, así que aquella noche,  mis padres bajaron con nocturnidad y alevosía el sofá a la calle; nos dijeron a todos que cerráramos la boca; pero al día siguiente nada más bajar a la calle alguien gritó ¡Mira mamá, nuestro sofá...! Supongo que le cayó una torta, porque mi madre no debía estar muy relajada aquel día y era de mano larga.
Pero no todo acabó allí,  aquel sofá no lo recogió el camión de la basura ni aquel día ni nunca,  sino los porretas del barrio. Se hicieron con él, de manera que fue rodando por un sitio y otro de la calle Mandri y alrededores hasta que acabó metido en el estanque del parque de la Paz, donde íbamos a jugar... Nosostros asistíamos (ahora ya sí, mudos) a sus idas y venidas... nunca sabías donde te lo ibas a encontrar... me han dicho que la última vez que se supo de él fue en el cementerio de Sarriá.  La vergüenza del sofá imagino que persiguió a mis padres durante un tiempo, hasta que cayera en el olvido como todas las cosas, pero sé de buena tinta que aquel grupito de porretas le sacó provecho y que aquel sofá viajó más que el de Chester.

jueves, 9 de octubre de 2014

Los pericos de Isabelita

Los pericos de Isabelita

Bueno, pues retomando los viajes en coche Barcelona-Caldetas, os voy a contar una anécdota un tanto peculiar...
Un 31 de julio, yo tendría entonces 16 años, invité a una amiga a pasar unos días a Caldetas. Mi padre y yo la pasamos a buscar por su casa, la siguiente parada era ir a buscar a mi abuela, Isabelita, la madre de mi madre, ¡la suegra de mi padre!...
Llegamos a casa de mi abuela que vivía en plena calle Aribau, con todo el tráfico que comporta, y mi abuela tarda y tarda en bajar. Al final aparece con todas sus maletas y bolsas para pasar el agosto con nosotros y con una jaula con su periquito.
Mi padre, al ver la jaula nos comenta por lo bajini: ''Con la pachorra que tiene, se merece que el perico la palme''. Era una broma para hacernos reír y tomarnos el viaje con mucha paciencia...
Cuando andábamos por Vilassar de Mar mi amiga y yo nos miramos espantadas: ¡el perico había estirado la pata, la había palmado!I
Se lo contamos a mi padre sin que se enterase mi abuela y mi padre nos manda ''¡CHITÓN!''.
SOCORRO!!! A VER SI PEPE IBA A TENER DOTES ADIVINATORIAS...
Cuando llegamos a Caldetas y mi abuela se da cuenta me echa la culpa a mí de la muerte del perico porque hace unos años ya se escapó uno por culpa de beber vino en vez de agua... culpa de mis hermanas mayores, pero en fin...
Mi padre se partía de risa y mi amiga flipaba y se lo pasaba bomba con nuestra familia, estoy segura que aún se acuerda con pelos y señales.

sábado, 4 de octubre de 2014

Volverse una Isabelita

Hoy os hablaré un poco de mi abuela Isabel (mi abuela preferida) y lo que significa para mí volverse una Isabelita, proceso que me está ocurriendo desde hace un par de años.

Mi abuela Isabel era única. La recuerdo como una mujer rodeada siempre de cierta áurea de tristeza; era viuda y se le habían muerto dos hijos...así que llevaba un luto perpetuo, no solo en la ropa sino también en el alma. 
Sin embargo, en muchas ocasiones, era muy graciosa y nos tronchábamos con ella. Como vivía sola, la veíamos los martes, viernes y sábados que comíamos con ella. Vivía de su pensión y con el poco dinerito que tenía nos compraba caprichos cada semana,  como donetes, galletas Príncipe, croissants.... cosas que en nuestra casa no abundaban.  Por su culpa, aún hoy día me encantan los donetes y, al menos una vez al año, me compro un paquete que no comparto con nadie. 
Mi abuela Isabel se quedaba con nosotros las pocas ocasiones en que mis padres salían, le montábamos un plegatín con las patas medio dobladas para que se cayera en cuanto se sentaba en él. Estas travesuras eran la especialidad de mi hermana Toya. Ella, lejos de enfadarse, se reía con nuestras bromas y nos seguía la corriente.
Bebía cerveza, Pippermint  y  además nos dejaba probarlo. Con ella aprendí a servir la cerveza sin espuma.
Tenía manías de vieja que a mi madre le ponían a mil...como meterse en el sujetador toda suerte de chismes, por ejemplo la tarjeta rosa de pensionista por si se la pedían en el autobús; también llevaba  las monedas en un pañuelo, atadas a modo de hatillo, como si no tuviera monedero. Era cabezota y le resbalaban las broncas de mi madre. No quería cambiarse su vestido negro, y en ocasiones se lo ponía manchado porque era despistada; no era nada presumida, al contrario que su hermana, la tía Loló, que merece un capítulo aparte.

Iba siempre cargada de bolsas de plástico, porque hacía punto y llevaba sus labores. Nos hacía jerseys y aquellas mantas de cuadros de colores que me encantaban. Traía madejas y yo me ponía brazos en alto para que ella las convirtiera en ovillos. También nos hizo hasta que pudo una colcha de matrimonio para el ajuar... la mía fue la última,
Venía a pasar el mes de agosto con nosotros a Caldetas, siempre la esperábamos con alegría y con sus pericos (también merecen otro capítulo). Jugaba con nosotros a cartas, sobre todo a la mona con mi hermana Reyes, que era una pilla y misteriosamente ganaba todas las partidas. En Caldetas, compartía habitación conmigo y con Reyes y lo peor era que roncaba como una bestia, pero a mí me daba pena decírselo y me ponía algodones en los oídos que no me servían para nada.
Como buena abuela, se creía que éramos guapísimas y nos veía admiradores por todos lados aquel chico que ha pasado en moto casi se cae por mirarte, tenía mucha imaginación...
Cuando pusieron los cajeros automáticos decía que había una máquina que le susurrabas y te daba dinero y se creía que aquel perico que hacía el anuncio del Español lo habían amaestrado muy bien.

A día de hoy, tengo en mi casa unas cuantas bolsas con lanas, trapillo, agujas, ganchillo, telas....en fin, me he vuelto una Isabelita (según me dice Toya) porque también tejo y destejo y tengo su mismo desorden de bolsas y, además, soy una gran consumidora de cerveza. La imaginación aún no la he desarrollado tanto pero todo se andará, cuando empiece a ver pajarracas que rondan a mis polluelos.


jueves, 2 de octubre de 2014

¡Vuelta al cole!




3,2,1, comenzamos !!!!. ¿Queréis subir al simca con nosotras?. Vamos a viajar al pasado y a recordar la vuelta al cole.




Ahora que ya estamos todos más a o menos situados y que la depre postvacacional ya está pasando, os voy a explicar lo que era la vuelta al cole de nuestra familia. Imaginar movilizar a : padres, siete hijos, una abuela y dependiendo de la época por defunciones varias, tres perros, un hamster, tortuga, cotorra y los pericos de la abuela. Evidentemente hacíamos más de un viaje y la distancia era corta Caldetas-Barcelona , pero era !toda una odisea!. Entre que íbamos todos apretujaos como una lata de sardinas y las vomiteras por mareo que se contagiaban... Por no hablar de los pedos de mí hermana mayor, !que eran los peores del mundo! nuestro pobre padre se ponía de los nervios y no era para menos.

Después de desembarcar en Barcelona llegaban los preparativos para empezar el cole. El otro día me puse taquicárdica forrando los libros de mi hijo mayor, ya no recordaba lo que era.Bien, pues ¡ Imaginad forrar los de los siete ! , crisis familiar directamente. Vamos que necesitaría un tutorial del youtube. Material preparado, siguiente paso uniformes. Si amig@s , las seis chicas llevábamos uno, ideal, os lo describo brevemente: Camisa blanca almidonada (comodisísima) pichi a cuadritos blancos y marrones (casposísimo) y cinturón, rebeca y mocasines color caca. Aquí empezábamos el tráfico de uniformes, se compraba alguno nuevo y el resto se heredaba de unas a otras. En vez de ir al cole parecía que íbamos a un baile de disfraces. Una de dos o lo llevabas minifaldero como una "lolita" o hasta los tobillos como una monja o lo petabas por todas las costuras o era una especie de saco con cinturón. Claro como comprenderéis para intentar no ir de esta guisa, algún platito a la hora de comer caía accidentalmente para poder ir de calle. Hablando de esta prenda me viene a la cabeza una anécdota que os voy a explicar. ¿Sabéis lo que hacían mis hermanas cuando yo empecé el cole con cuatro años? soy la pequeña de los siete y claro por la noche era la primera en acostarme, pues bien mis queridas hermanas mayores cuando entraban en la habitación para acostarse a las 12h me despertaban. Pero eso no era todo, me decían que eran las ocho, me hacían vestirme con todo el uniforme al completo y cuando ya estaba lista me decían que era una broma. Que monas ellas pero....¡ y lo bien que se lo debían pasar!

En fin, después de leer esto, espero que aparte de pasar un buen rato, penséis que nuestra vuelta al cole no es para tanto, vamos que ¡nos ahogamos en un vaso de agua!

PD: Otro día os explico los cirios que les montaba a mis hermanas cuando me dejaban en el cole, una pequeña venganza por las putaditas con el uniforme, jejeje.