Hoy os hablaré un poco de mi abuela Isabel (mi abuela preferida) y lo que significa para mí volverse una Isabelita, proceso que me está ocurriendo desde hace un par de años.
Mi abuela Isabel era única. La recuerdo como una mujer rodeada siempre de cierta áurea de tristeza; era viuda y se le habían muerto dos hijos...así que llevaba un luto perpetuo, no solo en la ropa sino también en el alma.
Mi abuela Isabel era única. La recuerdo como una mujer rodeada siempre de cierta áurea de tristeza; era viuda y se le habían muerto dos hijos...así que llevaba un luto perpetuo, no solo en la ropa sino también en el alma.
Sin embargo, en muchas ocasiones, era muy graciosa y nos tronchábamos con ella. Como vivía sola, la veíamos los martes, viernes y sábados que comíamos con ella. Vivía de su pensión y con el poco dinerito que tenía nos compraba caprichos cada semana, como donetes, galletas Príncipe, croissants.... cosas que en nuestra casa no abundaban. Por su culpa, aún hoy día me encantan los donetes y, al menos una vez al año, me compro un paquete que no comparto con nadie.
Mi abuela Isabel se quedaba con nosotros las pocas ocasiones en que mis padres salían, le montábamos un plegatín con las patas medio dobladas para que se cayera en cuanto se sentaba en él. Estas travesuras eran la especialidad de mi hermana Toya. Ella, lejos de enfadarse, se reía con nuestras bromas y nos seguía la corriente.
Tenía manías de vieja que a mi madre le ponían a mil...como meterse en el sujetador toda suerte de chismes, por ejemplo la tarjeta rosa de pensionista por si se la pedían en el autobús; también llevaba las monedas en un pañuelo, atadas a modo de hatillo, como si no tuviera monedero. Era cabezota y le resbalaban las broncas de mi madre. No quería cambiarse su vestido negro, y en ocasiones se lo ponía manchado porque era despistada; no era nada presumida, al contrario que su hermana, la tía Loló, que merece un capítulo aparte.
Iba siempre cargada de bolsas de plástico, porque hacía punto y llevaba sus labores. Nos hacía jerseys y aquellas mantas de cuadros de colores que me encantaban. Traía madejas y yo me ponía brazos en alto para que ella las convirtiera en ovillos. También nos hizo hasta que pudo una colcha de matrimonio para el ajuar... la mía fue la última,
Venía a pasar el mes de agosto con nosotros a Caldetas, siempre la esperábamos con alegría y con sus pericos (también merecen otro capítulo). Jugaba con nosotros a cartas, sobre todo a la mona con mi hermana Reyes, que era una pilla y misteriosamente ganaba todas las partidas. En Caldetas, compartía habitación conmigo y con Reyes y lo peor era que roncaba como una bestia, pero a mí me daba pena decírselo y me ponía algodones en los oídos que no me servían para nada.
Como buena abuela, se creía que éramos guapísimas y nos veía admiradores por todos lados aquel chico que ha pasado en moto casi se cae por mirarte, tenía mucha imaginación...
Cuando pusieron los cajeros automáticos decía que había una máquina que le susurrabas y te daba dinero y se creía que aquel perico que hacía el anuncio del Español lo habían amaestrado muy bien.
A día de hoy, tengo en mi casa unas cuantas bolsas con lanas, trapillo, agujas, ganchillo, telas....en fin, me he vuelto una Isabelita (según me dice Toya) porque también tejo y destejo y tengo su mismo desorden de bolsas y, además, soy una gran consumidora de cerveza. La imaginación aún no la he desarrollado tanto pero todo se andará, cuando empiece a ver pajarracas que rondan a mis polluelos.
Muy bueno Mar, me he partido de risa.
ResponderEliminarLa verdad es que era tal cual lo has contado.
Es para troncharse...
Hola Mar, me rio mucho con vuestras historias.
ResponderEliminarUn beso.