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lunes, 15 de diciembre de 2014

Papa Noel es un borrachín y el árbol una americanada.

La Navidad empezaba en nuestra familia oficialmente cuando adornábamos la casa y la tía Toya sacaba su Papa Noel americano del armario. No era un Papa Noel horroroso como los de ahora, era auténtico. Lo habían tráido de América cuando aquí aún no se veía ninguno. Tenía las manos en las caderas y bailaba lentamente con una musiquita navideña. Aquel Papa Noel era mágico porque lo ponían encima de la mesa y en cuanto nos descuidábamos había desaparecido. Al cabo de un rato llamaban a la puerta y allí estaba él, en el suelo del rellano. Jamás supimos cómo lo hacía para irse, pero la leyenda Calbetó (o sea, lo que nos vendían) contaba que era un poco borrachín y se escapaba al Jarama a beber copas. Cuando terminaba volvía y misteriosamente llamaba a la puerta. Este Papa Noel y sus idas y venidas nos volvió locos toda la infancia, aunque jamás vino a dejarnos un puñetero regalo y es que no nos lo tomábamos en serio. Eran americanadas.
En mi casa se hacía lo tradicional. Mi madre ponía los cuatro adornos típicos y el belén. Teníamos un belén de plástico para nosotros que poníamos cada año con su río de plata y las lucecitas; su sitio era en el recibidor, cada vez que alguien cerraba la puerta se caía todo al suelo. Ya se sabe, si no se tiene que recoger y recolocar continuamente,  el belén no tiene gracia ni razón de ser.
Árbol no teníamos, mi madre, fiel a la tradición y tozuda como una mula, se negaba a poner árbol porque era una americanada y a ella ni le iba ni le venía ni quería rascarse más el bolsillo. No me extraña. Pero hubo un año en que nos rebelamos, queríamos árbol y conseguimos uno. Era aquella época cuando se puso de moda que todas las tiendas ponían arbolitos monísimos en sus puertas, decorados con lacitos o manzanitas. El caso es que una noche no muy tarde aparecieron dos hermanas en casa acarreando un árbol sospechosamente parecido al de una tienda del barrio. Vamos que era ese.... Mi madre puso el grito en el cielo, claro está, y se apresuró a sacar los adornos delatores para cambiarlos por otros. Tal vez pensaréis cómo no nos obligó a devolverlo...Pues quizás no era una madre tan recta, estaba rodeada de adolescentes  que como cabras locas reían la gamberrada,  la vergüenza le podía o la pícara ocurrencia le hizo gracia en el fondo...no lo sé. El caso es que tuvimos árbol aquel año y todos los que siguieron porque desde esa Navidad se compró siempre un arbolito por pequeño que fuera. Y es que antes que ver a tus hijos en la cárcel...¡se hace lo que sea!